domingo, 31 de mayo de 2020

Pandemia 2 - Extinción (Parte 2 de 2)


No tuve que esperar mucho. Justo cuando empezaba a oscurecer volvieron las llamadas en la puerta del bunker
De nuevo pregunté: “¿Quién está ahí? ¿Quién vive?”

Pero esta vez no esperé la respuesta. Corriendo descorrí los grandes cerrojos y empujé las puertas para abrirlas. Los goznes crujieron mientras giraban por primera vez en décadas y una luz mortecina y azulada iluminó mi bunker. Me tapé los ojos para mirar lo que había fuera.
Pero no había nada, todo parecía muerto y decadente. Los coches de la charretera estaban oxidados y cubiertos de musgo y raíces gigantescas habían destrozado el asfalto. Solo pude murmurar “esto es un cementerio” Nada que hubiera sido humano había sobrevivido al paso del tiempo y ahora se amontonaba de forma caótica como las tumbas en un cementerio olvidado.
De nuevo escuché los golpes en la puerta y por fin pude ver a quien los producía.
Allí estaba, mirándome con el mismo asombro con el que yo la miraba a ella. Andaba casi desnuda, con el pelo largo y con el rostro cubierto con una máscara antigás.
Por un segundo pensé que la máscara le había salvado la vida, pero era una idea absurda, porque tan sólo tenía filtro de carbono, incapaz de eliminar al virus de la pandemia. Se me acercó lentamente, extendió el brazo y dejé que me tocara el rostro. Parecía tensa y nerviosa, como si no entendiera lo que estaba pasando. Retiró su mano de mi cara y empezó a lanzar gritos simiescos.
En respuesta a sus alaridos se escucharon miles de pisadas que se acercaban desde el bosque. Y multitudes de personas desastradas y de aspecto miserable comenzaron a acercarse. Pero todas eran clones del ser inmundo que aún temblaba ante mí.
Rápidamente me rodaron y permanecieron en silencio esperando órdenes. Asustada me di cuenta de que todas eran iguales, idénticas entre ellas como las abejas de un panal Y sentí miedo cuando me di cuenta que actuaban como un ejército de hormigas antes de atacar a su víctima. Habían enviado a un explorador a buscar comida y yo era esa comida. La mente colmena les hacía actuar simultáneamente y cuando uno de ellos se quitó la máscara antigás todos hicieron lo mismo. Y cuando vi sus caras fue cuando sentí como mi corazón se aceleraba por el pánico.
Porque TODAS, absolutamente TODAS, eran idénticos a mí. Con mi misma cara y los mismos ojos. Incluso tenían la misma cicatriz en la frente que me hice siendo niña.
Espantada corrí hacia el refugio y cerré las puertas.
La naturaleza, la maldita Naturaleza había hecho evolucionar estas criaturas para que fueran idénticas al último ser humano vivo en el planeta. Y así pudieran disfrutar de los territorios y propiedades que una vez fueron de la humanidad. El planeta entero estaba habitado por seres idénticos a mí.  Con mi misma cara, el mismo pelo e idéntico cuerpo. Me senté en el suelo esperando la muerte cuando sentí en mi cuerpo la llamada del cerebro colmena que me llamaba a unirme a mis hermanas insectos. Abrí las grandes puertas, recogí mi máscara de carbono y me sentí aliviada cuando me la puse para unirme a mis hermanas de manada.

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